martes, 5 de junio de 2012

NATALIA CARBAJOSA

Natalia Carbajosa (El Puerto de Santa María, 1971). Estudió Filología Inglesa en Salamanca, donde se doctora con una tesis sobre la comedia de Shakespeare en 1999. Es premio extraordinaria de doctorado. En aquellos años de estudiante cofunda, junto con otros compañeros, la revista literaria Parásito. En la actualidad trabajo como profesora de inglés en la Universidad Politécnica de Cartagena y lleva a cabo una investigación sobre poesía anglo-norteamericana. Es autora, entre otros, de los libros de poemas Pronóstico (2005), Los reinos y las horas (2006), Desde una estrella enana/Biografía elemental (2009) y Tu suerte está en Ispahán (2012), así como el libro de relatos Patologías (2006) y el ensayo Shakespeare y el lenguaje de la comedia (2009). Como traductora de poetas, ha publicado Trilogía, de Hilda Doolittle (2008), y tiene en proceso de publicación una antología del poeta norteamericano Scott Hightower y las memorias de la escritora inglesa Kathleen Raine (en colaboración con Adolfo Gómez Tomé). Colabora habitualmente en revistas como El coloquio de los perros, Nube habitada  o Los cuadernos del matemático, y ha participado en festivales de poesía como Ardentísima (Murcia), PAN (Morille, Salamanca), Mucho Más Mayo (Cartagena) y el London Poetry Festival. Prepara, además, colaboraciones literarias para la revista digital Jotdown. Desde tiempos recientes, también actúa como cuentacuentos en inglés y español en colegios y librerías dentro del colectivo Dreams & Tales, realiza recitales sobre poesía y astronomía en colaboración con el astrónomo Juan Ortega, y prepara un recital-concierto con el músico Antonio Arias (Lagartija Nick).



Poética

Mi poesía se caracteriza –como la de casi todos los poetas, por otra parte– por un afán de conocimiento, de penetrar en el  misterio de la vida, perseguido desde múltiples circunstancias: la realidad cotidiana, la vida en pareja, la maternidad, la ciencia, la música, los viajes, el dolor y la felicidad, la infancia, la memoria, el desacomodo ante el mundo, las relaciones familiares o, en mi poemario más reciente, el universo de los cuentos. Desde estos escenarios, y utilizando la ironía para no caer en una innecesaria solemnidad, intento acceder a esos estadios de la revelación humana que sólo la palabra poética puede atisbar. Me asomo a ellos de un modo parecido a como los describe la poeta portuguesa Sophia de Mello con su expresión “entrar en un estado de escritura”: durante un tiempo percibo eso que no se puede describir, que nos conecta a un tiempo con las cosas de aquí y las que no están a nuestro alcance, e intento darle forma. Cuando traduzco poesía también me siento así, del lado más ininteligible de las palabras, a las que accedo por boca de otros. Además, la traducción es un ejercicio espléndido de disciplina lingüística para un poeta.
Desde niña me sentí atraída por la poesía y, aunque entonces no supiera formularlo así, entendí muy pronto su naturaleza de conjuro o encantamiento, su capacidad para darle la vuelta al mundo real o para crear otro más rico, capaz de transportar a cualquiera a lugares soñados. Todavía algún resorte olvidado se activa dentro de mí cuando recuerdo que alguien cercano me recitaba, en mi infancia, el antiguo “Romance de la condesita”: “Grandes guerras se publican / por la tierra y por el mar…” Por eso, hasta hoy, siempre hago mucho hincapié en la oralidad de la poesía y participo en recitales individuales o colectivos, con música y dramatización, así como en actividades para niños, cada vez que se presenta la ocasión. Creo que el ritmo es la espina dorsal de la poesía y que éste nos remite no sólo a la literatura, sino también a la música, al teatro y a la experiencia oral, popular y comunal que el género conlleva, y cuya naturaleza se reinventa continuamente –por ejemplo en derivaciones como el arte del trovo, el Spoken Word, la “perfopoesía” o la canción de autor, que no es sino una versión contemporánea del mester de juglaría–.
También mi interés por los idiomas –aparte del inglés, estudié latín y griego, francés, alemán y un poco de ruso–, tiene que ver con la pasión por la palabra y su peculiar fraseo dentro de la poesía. Me gusta leer poesía en otros idiomas –sobre todo en inglés: Shakespeare, los románticos y los modernistas son mis principales maestros– o, cuando menos, en ediciones bilingües, porque la extrañeza que de por sí ofrece la palabra poética aumenta su resonancia en la lengua de otros. Es como leer las palabras vueltas del revés en un espejo: un ejercicio que nos dice cosas de nosotros que no podríamos entender de otra manera, y que acaso nunca lleguemos a entender del todo. A veces esto me sucede no sólo con poetas que escriben en otras lenguas, sino con poetas españoles o sudamericanos que manejan el lenguaje como si acabara de inventarse, como pueda ser el caso extremo de César Vallejo, pero también el de otros muchos –Rubén Darío, Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Gioconda Belli…– .

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